Hooola a todos, mis siempre leales lectores! Después de 3 semanas seguidas de exámenes, ya puedo descansar y dedicarme a mi pequeño y humilde blog…..no me fue muy bien que digamos, pero ya el siguiente semestre verán como si le hecho ganas…..Le Psyence ganará *-* sobre todo porque el área a donde voy está muy solicitada y debo tener un buen promedio para quedarme ahi….u.u
Bueno, ya estamos a nada de terminar el año, y que este blog cumpla su primer aniversario en enero (recuerdo que fue el primer blog del año xD) y pues….¿que le depara el 2010 al blog de Le Psyence?
Veamos…..más reseñas de bandas, de anime (que no puse), rarezas, debrayes, los cumpleaños olvidados….seee, se me olvido el de hide-sama xD bueno, no es mi culpa, ¿quién le manda a cumplir años el mismo día que la Guadalupana?
Aprovechando que estoy aqui, voy a ponerles un cuentito que hice para un concurso de mi escuela….espero ganar algún lugar, me sentiría muy feliz ^^
A ver que les parece, tal vez es un poco largo, pero no sean flojos xD:
Selene
Era una hermosa mañana de Mayo. Mi bote se mecía con el suave vaivén de las olas, mientras el sol se alzaba lenta y majestuosamente cual bola de fuego en el azul del horizonte.
Con una última mirada a tal espectáculo, eché mi red al mar, la cual se hundió lentamente en las transparentes aguas, y esperé.
Minutos después, tiré de los extremos de la red. Fue difícil, el peso de los atunes plateados se resistía contra mi fuerza física. Finalmente logré meter la red en el pequeño bote, el cual resintió a los atunes con un crujido de la madera.
Me limpié las gotas de sudor que me resbalaban de la frente, y me eché el pelo oscuro hacia atrás, para que no me cayera sobre los ojos. Volví a echar la red al agua.
Repetí el procedimiento de echar y recoger la red varias veces, el bote se quejaba cada vez más a causa de los atunes que se retorcían en un intento desesperado de volver al agua.
Cuando decidí echar la red por última vez, el sol estaba alto en el cielo, y me quemaba los brazos pegajosos de sal. Sin embargo, en cuanto recogí la red, no me pareció tan pesada como las veces pasadas, pero tiré de todos modos.
Para mi sorpresa, en la red no había peces, sino una mujer.
Me asusté, pues la mujer tenía la piel tan blanca como el yeso. Tal vez había caído de una embarcación y se había ahogado…pero tuve un presentimiento, y la metí en el bote, procurando alejarla de los atunes para que no se apestara.
Remé de regreso a la orilla, sin quitarle los ojos de encima a la mujer. Parecía irradiar una luz plateada, desde su pelo, que le llegaba a la cintura, hasta su vestido, que parecía hecho como de humo.
A unos metros de llegar a la playa, salté fuera del bote y lo empujé con fuerza para que quedara bien trabado en la arena húmeda, y así no se lo llevaría la corriente. Una vez que amarré el bote a un poste mohoso clavado en la arena, tomé a la mujer en brazos. Aunque mis brazos eran inusualmente fuertes para tratarse de los de una chica, era muy ligera.
Atravesé el jardín trasero de mi casa, cubierto de maleza, arena, piedras y coral que eran arrastrados ahí con la marea alta. La textura del suelo era tosca, pero mis pies descalzos la soportaban a la perfección. Entré a la pequeña cocina, olorosa a frijoles y tortillas que mi madre me tenía preparados de manera rutinaria para cuando yo regresara de pescar y pasé junto a ella, ignorando la sombra de la pregunta en su cara.
Me dirigí a mi habitación, pequeña y sencilla como el resto de la casa y recosté a la mujer en el catre.
Estaba decidiendo que hacer a continuación, cuando llegó mi madre.
- Marina, ¿qué…?
- Mamá, llama al doctor Fuentes.
Mi madre parpadeó, sin comprender, pero salió del cuarto.
Mientras llegaba, me cambié de ropa a un vestido blanco de lino, con bordados de coloridas conchas marinas, y salí a la calle. Caminé hasta un pequeño negocio en la esquina y entré.
El joven que lo atendía estaba leyendo el periódico, sentado detrás del mostrador de azulejo blanco, el cual estaba cubierto por una capa de hielo picado y unas cuantas hojas de palma para adornarlo. Levantó la vista en cuanto me sintió en la entrada.
- Ah, ahí estás. ¿Dónde está el pescado? Porque ya han venido dos clientes y yo sin…
- Está ahí atrás. – lo interrumpí. – Pero eso no importa ahorita, ven a ver…
- No, necesito trabajar, y quiero ese pescado…
- ¡Uriel! – dije con desesperación – Por favor, tienes que ver esto y decirme que opinas.
Mi hermano me miró con suspicacia, pero se levantó de su asiento.
Uriel me siguió de regreso a la casa, y cuando entró en mi cuarto, dejó salir una maldición.
- ¿Qué…quién…es eso?
Le conté a mi hermano la historia de aquella mañana y me miró con una mezcla de incredulidad y reproche.
- ¡Marina! ¡Esa mujer está muerta! – dijo, casi sin aliento.
- No lo sé…no lo creo.
- ¡Es imposible! Si la encontraste en el mar, entonces se ahogó. Una turista, tal vez. Es más, supongo que murió hace días.
Uriel se dio la media vuelta y salió de mi habitación.
- Pero…Uriel…- lo seguí hasta el patio trasero, donde empezaba a trasladar los peces del bote a una caretilla.- Entonces, ¿qué hago?
- Pues tú sabrás. Cava un hoyo gigante y échala ahí dentro – dijo, empujando la caretilla llena de peces por la playa.
- ¡No puedo hacer eso! – protesté, pero Uriel ya había recorrido un buen tramo y no me escuchó.
Entré en la casa, al mismo tiempo que mi madre. La acompañaba un hombre alto, de mediana edad, vestido con una impecable camisa blanca arremangada.
- Buenos días, doctor Fuentes – saludé.
- Buenos días Marina – me respondió el doctor cortésmente - ¿Qué pasa?
Llevé al doctor a mi habitación, donde estaba mi extraña invitada.
El doctor Fuentes se sentó junto al catre, en la silla que mi madre le había llevado. Sintió su pulso, midió su presión arterial y revisó su temperatura. Se apartó de ella con resignación.
- Sus signos vitales son casi inexistentes. Está luchando por sobrevivir, pero no aguantará otra noche. – dijo el doctor. Se levantó de su asiento. – No se puede hacer nada…sólo esperar.
Me quedé en mi habitación, mientras mamá acompañaba al doctor Fuentes a la puerta. Miré a la extraña mujer y tuve un sentimiento, casi místico, de esperanza por ella.
Con un último vistazo, me levanté y me fui a hacer mis quehaceres a la pescadería de Uriel.
Caminaba por la calle, con una canasta vacía colgando bajo el brazo, pues acababa de entregar un pedido. Estaba tan concentrada en los pequeños cangrejos azules que escapan de mi paso, que apenas me di cuenta de que me estaban observando.
- Marina – me llamó una voz, muy sutilmente.
Levanté la vista y me encontré con una mujer alta y esbelta, una gitana de cálida pero misteriosa mirada.
- Buenas tardes, señorita Lucía – la saludé cortésmente.
-Ven – me dijo con una seña para que pasara a su casa.
Seguí el sonido de los cascabeles en los tobillos y las muñecas, que me guiaban en la semioscuridad del pequeño local. Las velas alumbraban con una luz muy tenue las repisas repletas de objetos extraños.
Lucía me hizo una nueva seña para que me sentara a una mesita muy pequeña, frente a ella. Sacó una baraja y las acomodó frente a ella, murmurando cosas para sí misma. Yo sólo me limité a observarla con atención y paciencia.
Al cabo de un rato, Lucía levantó la mirada, dispuesta a hablarme por fin.
- Ese ser que en tu hogar ha encontrado cobijo no es nada menos que un ser fantástico y misterioso, que debe ser tratado con el mismo respeto con el que se trataría a la mismísima Madre Naturaleza.
Miré a Lucía con perplejidad.
- ¿Te refieres a…ella? – dije, con la imagen clara de la mujer durmiendo en mi habitación.
- Un minuto justo antes del anochecer, debes quedarte con ella. Nada ni nadie debe acompañarte. Y entonces, su mágica identidad te será revelada.
- Espera…Lucía… ¿a qué te refieres? – pregunté, cada vez más confusa.
- Sólo haz como te lo he sugerido – me respondió la gitana, levantándose de su asiento y señalando la puerta. La entrevista había terminado.
Salí con más dudas que cuando había entrado, pero estaba dispuesta a hacer lo que me había indicado.
Eché un vistazo al horizonte, el sol que parecía sumergirse cada vez más en el agua, y el cielo se ponía cada vez más oscuro. Las estrellas comenzaban a brillar sobre el manto púrpura del cielo.
Llegué a casa justo cuando el sol estaba por desaparecer completamente. Me metí en mi habitación y cerré la puerta con llave, después de pedirles a mi madre y a Ulises que no me molestaran. No necesité prender la vela, pues mi extraña inquilina irradiaba una luz plateada, muy brillante. Me senté a esperar, aunque no sabía que pasaría.
Finalmente, el último rayo de sol brilló sobre el mar cristalino, y ella abrió los ojos, unos ojos profundos y grises, que se fijaron en los míos.
La mujer se sentó en mi cama, y lanzó una mirada a toda la habitación, con una ligera confusión en los ojos.
- ¿Quién…quién es usted? - pregunté, pero dudando acerca de si me entendería.
Ella se levantó de mi cama y señaló al cielo con una mano.
- En lo alto del cielo estoy, recorriendo el cosmos voy. Para muchos, inspiración doy, para los griegos, Selene soy.
La miré, sorprendida de su voz delicada y armoniosa, de la belleza de sus palabras.
- Es…es usted… ¿usted es la luna?
Selene me dirigió una mirada cariñosa.
- Así me conocen, así me dicen – dijo con delicadeza - Creo que llaman a la puerta.
Estaba tan impresionada de aquella visión tan bella, que apenas me di cuenta de que estaban tocando a la puerta de mi habitación. Me levanté rápidamente y abrí un poco la puerta. Por la rendijita que abrí vi los ojos color miel y tez morena de Lucía.
- Ha despertado – me murmuró. Asentí y abrí la puerta para que pudiera pasar.
Lucía lanzó un suspiro al ver a Selene, y se arrodilló ante ella con una delicada reverencia.
- Su Majestad, he sentido su mágica presencia. Yo, su fiel servidora, estoy aquí para lo que desee – dijo, sin mirar a Selene.
La Luna se levantó de mi cama y posó una mano sobre la cabeza de Lucía.
- Levántate, por favor, querida. Es muy cálido de su parte, sin duda. Me gustaría saber los nombres de las amables doncellas que aquí me han recibido.
Lucía se levantó.
- Mi nombre es Lucía Alazar. El futuro y el destino, la lectura del cielo y el porvenir es mi oficio – dijo, orgullosa.
- Yo…yo soy Marina Acosta. Sólo soy una simple pescadora – dije, un poco ruborizada.
Selene se me acercó.
- No tienes de qué avergonzarte, princesa Marina, puesto que me rescataste del agua cristalina – La Luna desvió la mirada a la ventana, y pude notar que sentía un poco de nostalgia. – Contarles mi historia sería lo ideal, pero un lugar alejado tengo que buscar.
Lucía y yo nos miramos.
- La selva es un lugar discreto, ahí puedes quedarte – sugirió Lucía.
- ¿La selva? Pero…es un lugar peligroso para quedarse…- comencé, pero Selene puso su mano en mi hombro para tranquilizarme.
- Princesa Marina, confía, que yo sabré entenderme con la selva y su filosofía.
- Guíanos entonces, majestuosa Luna, que sólo tu sabrás el lugar indicado.
Selene sonrió, se dirigió a la puerta y salió de mi habitación.
Mi madre y Ulises estaban sentados a la mesa, una tejiendo y el otro leyendo, pero interrumpieron sus actividades al ser cegados por el plateado resplandor de la Luna.
- Con su permiso, les doy las gracias – dijo Selene con una reverencia, y salió de la casa, seguida de Lucía y de mí.
Cerré la puerta a mis espaldas, haciendo caso omiso de la perplejidad de mi familia.
“¿Cómo es que llegué aquí? Solamente puedo suponer, que al terminar la noche, dormida a la Tierra caí. Cansada como estaba, no pude esperar a que el día me alcanzara, y heme aquí, lo que me ha costado el sueño que tanto deseaba.”
“El mar y sus cálidas aguas me envolvieron en un trance profundo, y me abracé a él en tan sólo un segundo. Lo que al principio maravilla fue, en pesadilla se volvió, y cada instante como una lanza me dolió.”
“Pero, de repente, una hermosa imagen apareció, y sin dudarlo, del agua me sacó. Aquella muchacha en su hogar me recibió, y cuando desperté, miedo no sintió.”
“Ahora pido su ayuda de nuevo, al cielo debo regresar, construir un barco debo para a mi jardín de estrellas poder cuidar.”
Lucía y yo habíamos escuchado la historia de Selene con mucha atención.
- Te ayudaremos en los que podamos, querida Luna. Dinos que necesitas, y ese barco podrás construir – dije, con seguridad.
Estábamos en medio de la selva. La oscuridad era total, pero Selene alumbraba con la luz que irradiaba de su ser.
- Escúchenme bien lo que quiero, y mucho agradeceré si lo consiguen a tiempo – dijo, con los ojos cerrados, pensativa. – En ese barco debo invertir siete noches enteras, para formar la quilla, el casco, la cubierta y las velas. Para la primera noche, arena y sal de mar, para la segunda, la piel de cien atunes voy a necesitar. Conchas y corales para la tercera, y treinta perlas para la cuarta, no exagero. A la quinta noche, algas marinas, y para la sexta, veinte peces de aletas amarillas.
- Arena, sal, peces, conchas, perlas y algas – anotó Lucía mentalmente.
Y después de prometerle que le llevaríamos lo que necesitara, Lucía y yo regresamos a nuestros respectivos hogares.
Al amanecer siguiente, la noticia de que yo había rescatado a un mágico ser y éste habitaba temporalmente en la selva se había corrido por todo el pueblo. Estaban los que pensaban que Selene era una impostora y que yo tenía visiones, pero por otra parte, los que nos creían estaban dispuestos a ayudar para que regresara al cielo. Varios curiosos aventureros se adentraban en la selva para buscarla, pero Selene se escondía durante el día en un lugar que incluso Lucía y yo desconocíamos.
La primera noche le llevamos a la Luna diez barriles de arena y dos de sal. El segundo día, Uriel y sus amigos me ayudaron a quitarles la piel a cien atunes que habíamos pescado entre todos esa misma mañana. A la tercera noche, Selene recibió cuatro carretillas de distintos tipos de coral, y la cuarta le dimos una cajita con las mejores perlas, donadas por las mujeres y coleccionistas del pueblo. Para la quinta, recolectamos casi cincuenta kilos de algas y en la sexta atrapamos veinte peces tropicales, todos ellos de color amarillo intenso.
Esas seis noches Selene trabajó sin descanso, pero no nos permitía ver su progreso. Fue hasta la sexta y última noche que todo el pueblo, incluso los escépticos, fuimos a ver la embarcación terminada. No tuvimos que adentrarnos en la selva, pues Selene ya había salido, como esperándonos, acompañada de su creación.
Era un barco pequeño y sencillo, pero majestuoso a la vez. Tenía forma de luna en cuarto menguante. No tenía velas. Era imposible saber si el brillo que desprendía se debía a los materiales para su construcción, o a la magia con la que había sido creado. Era un espectáculo tan hermoso, que nadie dijo ni una palabra.
Selene echó a andar, y guió a su barco hacia la playa. Éste avanzaba, suspendido a unos pocos centímetros del suelo, y el grupo de gente la siguió en silencio, como si se tratara de una procesión. Antes de que nos diéramos cuenta, ya sentíamos la arena mojada bajo nuestros pies. Selene se detuvo en seco, y todos la imitamos. Se dio la media vuelta, de cara al grupo de gente, y sonrió. Sus plateados cabellos y su vaporoso vestido ondeaban con la sueva brisa marina.
- Estoy completamente agradecida con esta comunidad que, aunque humilde, me recibió y ayudó como si fuera su igual. Nunca, en los milenios que llevo contemplando a la humanidad, pensé que pasaría algo semejante.
Luego se volvió hacia Lucía y a mí y añadió:
- Princesa Marina, princesa Lucía, como eterno agradecimiento, he de conceder sus más anhelados sueños en cualquier momento. Y cuando la vida las despida en sus últimos instantes, serán ustedes dos las más brillantes flores en mi jardín de diamantes.
Dicho esto, Selene hizo una reverencia y subió a su espléndida embarcación. Con unos ligeros movimientos en las manos, parecidos a una danza, levantó espuma del mar y la moldeó como la vela de su barco.
Se despidió con la mano, y la vimos alejarse en el horizonte, cada vez más, hasta que desapareció por completo.
Es una brillante y cálida mañana de Mayo. Estoy sentada en mi bote, como siempre, pescando.
Han pasado siete años desde que la Luna cayó al mar y la gitana Lucía y yo la ayudamos a construir un barco de regreso. Es un recuerdo vívido y claro, tanto, que pareciese un evento muy reciente en mi vida.
El sol ya está alto en el cielo, y me quema los brazos, así que es hora de irme. Pero antes, debo sacar la última red del agua.
Está muchísimo más liviana de lo que esperaba. No me sorprende: últimamente he estado sacando más pescado que en otros años.
Cuál es mi sorpresa, que en cuanto saco la red del agua no hay atunes, sino una niña muy pequeña. Está blanca como la harina. Su pelo y vestido blanco brillan como si estuviesen hechos de polvo de diamantes.
Si dudarlo, la meto en el bote. No puedo evitar mirar al cielo y suspirar:
- Aquí vamos…otra vez.
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¿Qué tal? A mi me parece que está bien…medio infantil tal vez, pero quedó lindo n.n
Bueno, ahí me dicen que tal, gracias Mai, Nadin y Ninna por sus comentarios ^^ que tengan una feliz navidad!
Le Psyence cambio y fuera